Destellos

Destellos

Amaneció otro pacífico día de junio en el Pacífico. Despertó con un destello, un fulgor dentro de su ensoñación. En sus pestañas aún revoloteaban reminiscencias del último sueño. Se desperezó, estiró los brazos hacia el sol. Sonrió al nuevo día. En su corazón aún palpitaba la alegría sentida en su vida onírica. El sonido de las olas se oía a través de las ventanas abiertas. Las hojas de los árboles que rodeaban su casa y se colaban por puertas y ventanas hacían parecer que habitara una cabaña en mitad de la montaña.

Este día se anunciaba distinto. En sus entrañas algo se había gestado durante la noche. Cogió la falda de hula en tonos verdes que le regaló su abuela para la celebración del Hina Matsuri, o día de las chicas, y una corona de flores secas en tonos amarillos y blancos que colocó suavemente en su cabeza, adornando su larga y oscura melena.

Quería dar gracias con una danza matutina a Lono, dios de la música, por esa sensación de bienestar que inundaba su alma esa mañana. Salió a la terraza y pulsó el play de su mp3. Los tambores Ipu dieron comienzo al ritual. La melodía del ukelele mecía su cuerpo. Su sonrisa centelleaba.

A miles de kilómetros ya atardecía en la península Ibérica, llegaba la hora del ensayo para la celebración del patrón de su pueblo, San Juan, en el patio de casa. Se sentía bien. Sacó la gaita de su estuche, colocó el roncón sobre su hombro y comenzó a hinchar el fole. Cuando el sol ya rozaba el horizonte comenzó a tocar una canción tradicional, Alborada de la Carballeda, que liberaba sus dedos, inflamaba su alma y despejaba su mente.

De repente, un destello cegó sus pupilas. Del susto, pegó un brinco hacia atrás y el quejido de la gaita hizo que ladraran los perros.

¿Qué había visto? 

Sacudió la cabeza y buscó en torno a sí. Respiró hondo. Encogió los hombros convenciéndose de que no había sido nada. Volvió a llenar con el aire de sus pulmones agitados la bolsa de piel curtida. Se lo acomodó en el costado y la música volvió a inundar el valle.

Esa noche cayó fulminado en su cama, como si hubiese estado cavando todo el día; cogió un libro con la intención de leer un rato pero el cansancio lo condujo casi al instante a un profundo sueño.

Allí se reencontró con aquel destello cegador. La misma sensación, como una descarga eléctrica. El reflejo automático de sacudir la cabeza. Parpadeó y alargó sus manos. Encontró otras manos.

“¿Eres tú? No sabía que estarías aquí… ¿Te vas ya?”

Despertó con los primeros cantos de los gallos del Barrio de Abajo. Las calles estaban aún vacías. Los estorninos ya armaban jaleo.

Los días pasaron. No volvió a quedar cegado momentáneamente ni a despertar exaltado.
Pasaron meses. Pasaron estaciones. Pasó la lluvia, pasó el calor. Varias veces. Pasaron años. Los destellos quedaron en el olvido, aquellas manos de aquel sueño desaparecieron en el tiempo, entre muchos otros recuerdos, más reales, más tangibles, más cercanos.

******

Festival de danzas tradicionales del mundo. En junio se celebraba en Oslo, Noruega, la primera edición de un festival cuyo objetivo era reunir en un mismo espacio músicos y bailarines de todo el mundo que fomentasen la cultura tradicional de su lugar de origen.

Cogió sus bártulos, su mochila y su gaita. Iba con su grupo de toda la vida, llevaban gaitas, panderetas y panderos, tambores, dulzainas. Estaban emocionados. Cuántas tradiciones juntas, tan diversas pero con tanto en común.

Subió al avión y, tras localizar su asiento al lado de una ventanilla, esbozó una pequeña sonrisa de medio lado. El sol asomaba ya por el Este. Sus ojos brillaban como los de un niño, ávido por conocer más, por vivir más.

El festival era un poco caótico por la cantidad de gente que se aglomeraba en la Fortaleza de Akershus, en el corazón de Oslo. Todos los hoteles, moteles, hostales, etc. de la zona habían sido ocupados por visitantes de lenguas extrañas y diversas.

Se vistió con el traje regional que utilizaba cuando salían a tocar: camisa blanca, pantalones, chaleco, botines y sombrero negros. Fajín rojo y unas calzas blancas hasta las rodillas. Impecable.

El grupo había programado todas las actuaciones que querían ver acorde a sus gustos comunes y a su propia actuación. Le quedaba un rato para darse un paseo, quizás probar la cerveza y la sidra de la zona o el akvavit, aqua vitae, un licor típico que le recomendaron en el albergue.

Caminaba oteando entre la multitud los bailes en los distintos escenarios, escuchando las melodías que alcanzaban a sus oídos.

De repente un destello. Sacudió la cabeza. De nuevo esa sensación. Calor en el cuerpo. Parpadeó para enfocar. La corona de flores, el traje hula. Allí estaban. Uno frente a otro.

El destello se convirtió en fuego. 

La música de mil lugares distintos acompañó a ese instante.

Ella sonrió con la mirada y bajó la cabeza con timidez continuando su camino. Él creyó decir: “Quédate, no te vayas”. Pero en realidad no salió sonido alguno de sus labios. Ella lo reconoció de sus sueños, recordó sus manos, su estómago se había alborotado pero le podía la vergüenza. Le temblaban las piernas.

Su larga melena y su falda de hojas de plátano se alejaron balanceándose como las olas del mar.

Se quedó como petrificado, perdió de vista su cabello azabache. Cuando volvió en sí buscó entre todas las agrupaciones de hula, también en todas las exhibiciones que pudo de todos los continentes. Pero no la encontró.

El festival terminó. Regresó a su hogar. Nunca le volvió a cegar un destello igual.

“(…)Como la mancha oscura, orlada en fuego, que flota y ciega si se mira al sol.”
Rima XIV Bécquer

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661Comentarios

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    benddoug
    dic 20, 2021

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