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Cazador cazado

Cazador cazado

Dos alas de mariposa se reflejaron en sus pupilas y el tiempo se detuvo. La brisa a duras penas dejaba sentir su caricia en el rostro. El oxígeno se tornó lento en su nariz, mientras que el corazón, como una bomba de tiempo, se preparaba para explotar en el segundo perfecto. La lagartija, como un pequeño dinosaurio, esperaba al asecho.  

La mariposa de flor en flor, de tronco en tronco, de árbol en árbol se movía zigzagueante cerca del pequeño monstruo, que no era un monstruo.

Armado con el mejor camuflaje, tronco y criatura eran uno. Solo Dios podía verlo allí.

Era hermosa la mariposa. Ingenua, no prestaba resistencia a su fatal destino. Con gracia volaba e iluminaba el retablo hecho de hojas, diseñado por los caprichos de un árbol.

Las alas de la mariposa no pudieron estar más cerca. La brisa no pudo retener más el aliento y dejó escapar un pequeño silbido, que como corno francés, daba la señal al cazador para su cometido. El cazador quedó paralizado por un momento y la mariposa quedó frente a su  nariz mirando su propio reflejo, el reflejó en sus ojos.

Chas... un solo golpe, un solo movimiento, una mano, como aparecida por providencia, atrapó a la inerte lagartija que estaba siendo observada desde un pequeño arbusto. Era un niño que jugaba aquella tarde en el patio trasero de su casa. La mariposa, asustada, voló velozmente y desapareció en el horizonte.

¿¡Sobre la suerte de la lagartija!?No se tiene información precisa. Algunas aves dicen que sirvió de alimento a Ramón, el gato de la casa. Los árboles más altos, que presenciaron todo, aseguran haberlo visto en el vecindario más cercano, sin rabo, cazando mariposas. Pero la brisa, que era su amiga más cercana, alega que está allí, en el mismo tronco bien camuflada, solo que nosotros no podemos verla.

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