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LA JIPJOPERA

LA JIPJOPERA

Lo primero que vio la jipjopera, al abrir la puerta de casa, fue al gato saltando por la ventana del décimo piso, envuelto en un aullido que se apagó al golpearse contra el pavimento. Soltó el carrito de la compra y de su boca salió disparado un ¡Ay! de angustia y dolor. Durante fracción de segundos no supo si reír a carcajadas o llorar por la muerte del bicho. Y eso la hizo sentir mal.

La jipjopera buscó nerviosa entre los cajones de la cocina algún lexatin caducado y se lo tragó para dormirse cuanto antes. Por su mente corría sólo el recuerdo de sus vecinos amenazando con matar al gato si no dejaba de inventarse chismes. Ella no hacía mal a nadie; era cotilla y tartamuda - por eso el mote de “la jipjopera” -, por cotillear cantando para no tartamudear.

“No-no-no se lo cu-cu-cuentes a nadie que-que-que me quieren matá el ga-ga-gato”

La jipjopera era inocente de los cargos de correveidile porque nadie tenía tiempo de escuchar el cotilleo completo, porque ya nadie tiene paciencia con los tartajas que sólo quieren contarte que ha pasado durante el día.

El lexatin fue haciendo efecto y, sin darse cuenta, acabó tiradota babeando la alfombra. ¡Hijo-jo-jos de pu-pu-puta!, pensó y se durmió.

Y vinieron las ensoñaciones con aullidos de gato de fondo…

Si abría los ojos veía un puntico blanco en la tormenta de nieve, pero los volvía a cerrar confiando en la mano fuerte del guía. Era el mes de arar y había que apaciguar a Wiraqucha. Eran días de caminar mucho, comer y beber hasta emborracharse antes de que lo enterraran vivo. Los pies le sangraban, pero caminaba sin quejarse porque era príncipe del Imperio y no debía defraudar al dios Sol con lloriqueos. Apenas podía respirar, pero tenía que seguir caminando. Eres el mensaje más hermoso que dejaremos a los hombres del futuro, le dice el guía sacerdote, cuando te encuentren conocerán nuestros secretos. Él intenta reír, pero tiene el rostro como una piedra congelada y cae de rodillas muerto de frío. Ya hemos llegado, dice el guía comenzando a cavar, el tiempo se detendrá en tu cuerpo y volverás para contar lo grande que fue Tahuantinsuyo.

Por favor, dice el anciano, no me entierre vivo. El enfermero le ausculta y observa a la pareja que ha traído al viejo aquel: ella viste un traje rojo de gala y unos tacones de aguja y él un traje manchado de vino tinto. El enfermero le mete un dedo al anciano en la boca porque la pareja ha dicho que está deshidratado. La mujer se acerca a la recepción a por un formulario de ingreso y su acompañante enciende un cigarrillo que obliga al enfermero a echarlo fuera de urgencias. Ella vuelve bamboneándose sobre los tacones, le da un beso al viejo en la mejilla y le suelta al enfermero su número de teléfono para llamarle si el abuelo mejora. ¡Feliz año nuevo!, dice ella saliendo de urgencias con un portazo. El enfermero repite de memoria el número de teléfono: sabe que le faltan dos dígitos.

Su cuenta bancaria está en dígitos rojos. Está empapado en sudor. Se levanta de la cama a prisa y se mete a la ducha. Al salir del agua se seca con una vieja toalla y se viste a prisa. Cada vez lleva peor los veranos húmedos. Sale a la calle rumbo a la gasolinera, compra una botella de combustible, y regresa al piso subvencionado por el gobierno belga. Está harto de visitar Ongs inventándose un pasado como torturado del régimen de Pinochet. Ya saben que todo es mentira y va a tener que conseguir un trabajo aunque sea más fácil rociarse con gasolina de pies a cabeza y quemarse a lo bonzo para llamar la atención. Sólo así quizá le salven, le declaren héroe de alguna mamarrachez y sigan subvencionando su vida. La idea está clara: se quitará de en medio porque no teme a la muerte, sino que teme a la vida. El periódico, con los avisos clasificados de trabajos, está muy lejos del sofá.

El guardia de seguridad está leyendo el periódico bajo la atenta mirada de los faunos. Lleva un arma que no sabe cómo funciona. El visitante entra a la galería Borghese y camina hacia el rapto de Proserpina de Bernini. Se detiene frente a la estatua, bajo las manos engarfiadas de la chica que piden ayuda, y observa los dedos de Plutón clavados en la piel de mármol. Sin duda es la estatua más bella del mundo. Se abre la chaqueta; la lente del móvil capta toda la estatua en 360 grados hasta filmarla completamente. Respira profundo. Ahora a la segunda planta, a por el niño de la espina, pero antes de dar el primer paso a las escalinatas una mano fuerte le coge del brazo y le empuja contra una puerta. ¡Macchina fotográfica!, le gritan. De fondo oye el zumbar de millones de mosquitos. La pistola del guardia se ha disparado accidentalmente.

El disparo. La puerta de casa está abierta. Esta pe-pe-ña es muy veng-g-g-gativa, musita. Se detiene un momento; algo no cuadra en esta historia. Junto a ella hay una botella de chicha vacía que le regalaron unos vecinos chilenos y la puerta del frigorífico está abierta, por eso quizá las piernas congeladas. De seguro se tomó más de algún lexatin y se confundió de botellas. ¡Qué sueños más raros he tenido!, piensa: un niño inca congelado, un anciano abandonado en un hospital, un loco que quiere quemarse a lo bonzo y otro al que han disparado por fotografiar estatuas. Se apresura a cerrar la puerta y se sienta despeinada en el sofá. Enciende la tele: ha habido una lluvia de estrellas. Se siente rara, como si la hubieran usado como si sintiera la muerte de cerca, y se echa a llorar porque no quiere acabar dando maullidos como los que dio su gato antes de morir. Cosas de las lluvias de estrellas…

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